Carlos Aguirre Grupo PDF Imprimir E-mail
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Domingo 10 de noviembre – Centro Cultural Municipal

Formación:
Carlos Aguirre: Teclados, guitarra y voz
Silvina Lopez: Guitarra
Luis Medina: Guitarra
Fernando Silva: Bajo

Grupo Invitado:
Alumnos de la Escuela Municipal de Música Remo Pignoni

Comentarios en torno al evento
Diario Castellanos - Viernes 15 de Noviembre
Carlos Aguirre Grupo

UN CAMINO POR LO APACIBLE

Por Eduardo Norris - Especial para Castellanos
Carlos “Negro” Aguirre y sus músicos se presentaron el pasado domingo por la noche en el salón del Centro Cultural Municipal y, como sucede con cualquier artista que se precie, dejaron su impresión personal acerca de cómo debe apreciarse la música a través de sus propias composiciones o, como el mismo Aguirre denominó, “Caminos”.
Lo interesante de su propuesta es que, de entrada, sugirió a los presentes que trasladaran sus respectivas sillas -cuidadosamente dispuestas en la sala- más cerca del escenario, motivando un cierto juego de sonrisas y desorden: una manera simple y rápida de romper el hielo y la timidez. Pero eso también tenía su razón de ser: exceptuando la voz de Aguirre, su piano eléctrico y los bajos de cuatro y cinco cuerdas de Fernando Silva (todo ello a un volumen moderadamente bajo), todo el concierto iba a exponerse de la manera más acústica posible, una especie de unplugged natural e intimista. Fue una velada que exigió una total entrega por parte de los oyentes, ya que se trataba de una opción sonora sin ningún tipo de estridencias, con muy pocos temas en donde uno podía mover el pie y seguir el ritmo, como suele suceder con otras propuestas. No hubo demostraciones técnicas, ni carreras sonoras ni cambios de ritmo abruptos (las guitarras acústicas y voces de Silvina López y Luis Medina sonaron en forma sencillamente deliciosas). En sí, se trató de una exposición de motivos simples.
Pero, como sucede casi siempre, de las cosas simples provienen las grandes. Y así es con la música de Aguirre. Con total naturalidad y humildad, el hombre mostró lo único que hace falta para crear, y es sobriedad y madurez, de una manera increíblemente sutil.
Un elemento con el que perspicazmente manejó los oídos del público -y que no es muy frecuente ver en un concierto- es la incorporación del silencio como un instrumento más. Así, en pequeñas dosis, fue colocando suavemente esa sustancia a la que muchos de nuestros sentidos audibles no están acostumbrados, pero que permite reflexionar sobre uno y otro sonido que la memoria inmediata retiene por unos segundos. De esa forma, se crea un ejercicio muy sano que es el de detenerse a pensar y a degustar con serenidad lo que uno va escuchando.
De esta manera, y con el escenario ambientado a la manera del living de una casa (Aguirre también se fija en esos detalles), el músico paranaense cantó temas como “Casi triunfo”, “Estampa del río crecido”, “Beatriz Durante” y “Huella mora”. No faltó también un homenaje a Remo Pignoni; un motivo jazzeado llamado “Hombre que mira al mar”, y un tema instrumental que él compusiera con el gran bajista argentino César Franov, “Con vocación futura”.
Uno de los puntos más altos del concierto fue cuando al cuarteto se sumó casi al final del concierto el Coro de Cámara de la Escuela “Remo Pignoni”, dirigido por Roxana Mondino. Con ellos, el grupo interpretó una de las composiciones más conocidas de Aguirre, “Los tres deseos de siempre”, junto a “Paloma y laurel” (de Armando Tejada Gómez y Cesar Isella), dos motivos que no solo animaron a la concurrencia, sino que produjo una combinación aún más sutil entre la música y la voz humana. Formidable.
Sería injusto no mencionar a los alumnos de la Escuela Municipal de Música “Remo Pignoni” que precedieron éste concierto. Con Natalia Carelli y Nahila Gauchat en flautas traversas, Alejandro Mascardi en clarinete, Jonathan Santillán y Mariana Mascardi en violines, Betina Scalenghe en violonchelo y Nicolás Sabena en piano y buenos arreglos, este grupo interpretó nada menos que obras de Astor Piazzolla, poniendo el clima justo para lo que iba a venir después. Obviamente que el tiempo y futuras presentaciones van a ajustar aún más la brillantez individual de sus componentes, los cuales tienen el talento adecuado para este tipo de interpretaciones.
Resumiendo, no se puede decir que lo de Aguirre fue únicamente folklore, aunque el título sea lo más adecuado para su música. En todo caso, él y sus músicos propusieron un camino más en la música y en forma totalmente apacible.

Diario Castellanos - Sábado 16 de noviembre  - Contratapa
Entrevista a Carlos Aguirre

REFLEXIONES SOBRE LA CIENCIA DE CREAR

Por Eduardo Norris - Especial para Castellanos

Pocos son los músicos que logran expresar de una manera tan sencilla y tan profunda el arte de crear y de disfrutar de sus consecuencias. Carlos Aguirre no solo se entusiasmó con la entrevista, si no que demostró -como lo hace un verdadero maestro- la debida actitud que todo músico debe tener en circunstancias tan desconcertantes como las que vivimos. Un agradecimiento especial para el “Negro” por ceder su valioso tiempo en forma exclusiva para el siguiente reportaje.

-¿Cómo definís la música en tu vida?

-Comunicación, esencialmente comunicación. Tal vez uno se va completando con cosas que dicen otros. En mi caso, tuve la suerte de ver hace poquito unas clases que dio (Egberto) Gismonti en Resistencia, y ...

-¡Qué afortunado!

-¡Sí! (Sonríe) Él habló de que la música, en definitiva, cuando acaba después de un recital, la comunicación es la única sensación tangible que te queda. La música trasciende, y es una forma de vida, es una posibilidad de trabajar la sensibilidad, como cualquier oficio tomado en forma creativa. La música no es el único medio para socializarse; creo que encarada de cierta manera uno siente que hace música todo el tiempo, como cuando uno lee un libro o cuando se comunica con otra persona, y es un camino para encontrar los cómplices de esa forma de pensar. Esos cómplices no necesariamente son los compañeros de grupo o de trabajo, sino que son personas de otro oficio pero que ven eso mismo, o que tienen ganas de que el mundo sea de otra manera. La música transmite un poquito de amor, fundamentalmente, y si puede colaborar en un proceso social, mejor. Para eso necesita la cooperación de un proyecto, de un pensamiento. Quiero aclarar que parece que muchos músicos se sienten muy poderosos en cuanto a esta idea, pero creo que estamos para contribuir. Es bueno también que nos lo digan otras personas, que nos enseñen a mirar esa visión.

-Además de Gismonti, ¿qué otros músicos admirás?

-Bueno, de los brasileños a Hermeto Pascoal y a Milton Nascimento. Del Uruguay admiro muchísimo a un pianista muy importante como Hugo Fattorusso. De los argentinos, y en primer orden, a Dino Saluzzi; el Mono Fontana; Luis Spinetta; el Cuchi Leguizamón; a Remo Pignoni; a Atahualpa, un tipo que refleja la profundidad del caminante... Todos son por algo, no existe un solo referente, sino que uno se completa con otro. También y del resto del mundo a Keith Jarret, otro pianista y músico increíble, así como Joe Zawinul. La poesía de Jorge Fandermole es otra cosa que me motiva mucho. En general, y sin importar el lugar del mundo, hay mucha gente que hace cosas maravillosas.

-Ahora, veo que casi todos los músicos que mencionaste son proclives como vos a inquirir climas o elementos íntimos de una música sin estridencias. ¿Qué es lo que buscás a la hora de componer?

-En principio, hay muchas verdades o cosas implícitas en los paisajes, en la gente, en los lugares. Incluso, están a la luz de los ojos. Considero que la vida es para aprender a ver. La búsqueda para mí es la profundidad. Siento que muchas personas o paisajes tienen la profundidad, y que uno a través de la música va advirtiendo esa profundidad, esa lectura del paisaje. Ahora, no es la lectura de una postal, que también es linda, pero cuando ves a un fotógrafo y su producción te das cuenta de que él está mirando otras cosas y no solamente una imagen. Es como que mira ese cuadro de una forma más tridimensional y no en forma de plano, donde uno ubica el arbolito, la casita, el sol, etc..

-Cuando elegís poetas, que son de diversas partes del país o de latinoamérica, según lo que escuché en tu concierto, ¿qué es lo que buscás a la hora de apoyarte en la prosa de alguno de ellos?

-No es otra cosa que compartir. Es como le pasa a alguien que practica un deporte y se encuentra con otro que practica la misma disciplina: lo primero que quiere hacer es jugar un partido o algo afín con él. Para mí, trabajar con un poeta es un desafío porque es un aprendizaje; me aporta otra concepción en cuanto a estructura, a sintaxis, de técnicas. Por otro lado, también es un reto ponerle música a una poesía que suena muy distinta a lo que vos construís. Entonces, tengo que buscar otro concepto musical para acercarme a ella. La canción, para mí, no tiene que ser una música y una letra, sino una sola cosa juntas. Por eso, el ejercicio de trabajar con otra persona que va a completar lo que hacés es, de alguna forma, despegarte de lo tuyo, como si fuera un ejercicio de poner el ego en remojo y decir ‘bueno, tratemos de apostar a este trabajo artístico'. El ego, siento yo, sólo sirve para demorar algunas cosas, más que para colaborar. El tiempo que te lleva trabajar con el ego es toda una situación. El exponerse genera la seducción del aplauso y del reconocimiento, aunque por dentro uno sabe que esas cosas no te modifican. Vos sabés honestamente donde estás parado, sabés lo que te falta caminar, por más que te digan que lo que hacés está bárbaro. Eso no es en relación a otras personas...

-Es más bien reconocer tus propias limitaciones.

-Exacto. Es el decir: ‘¿Cómo me gustaría decir las cosas?' ‘¿Cómo me gustaría tocar?' ‘¿Cómo me gustaría ser mejor?' Todos venimos con una luz para dar más a las personas y aportar algo. Uno se la pasa buscando, y a veces hay que trabajar y sacar capas de tierra, porque esa luz no aparece al toque. A veces esa tierra es el lugar donde uno vive, la educación, el sistema, tantas cosas que van apagando esa luz y a uno mismo. Si uno tiene un temperamento con una rebeldía, digamos, positiva, se puede intentar rescatar lo bueno de uno mismo.

-La rebeldía sana.

-Sí, claro, una rebeldía reflexiva y que construya.

-¿Y cómo fue tocar con César Franov?

-Y ..., fue hermoso, porque es una persona muy linda. Casualmente somos de la misma generación, y hemos tenido referentes muy similares. Entonces, si bien hemos vivido en diferentes ciudades, el hecho de compartir esa generación tiene que ver con la información que vos tenés. De repente, te encontrás con una persona de tu misma clase y parece que hubieses tocado toda la vida con ella. César, para mí, fue eso. Yo pensaba: ‘Qué lindo si él toca tales notas', y después las tocaba de una forma que me sorprendía. Es una persona de un vuelo increíble.

-¿Qué opinión te merece el actual contexto socio-económico y qué debería hacer un músico en tal situación?

-Es muy duro, porque la seducción constante es el dinero. Entonces, esa seducción trabaja en contra de tu misma situación. Digamos, si por ahí estás viviendo una situación apretada desde el punto de vista económico, ves como una luz falsa que, para mí, tiene que ver con la guita. Eso es lo que siento que pasa y es lo que me duele. Por ello, trato de tener la mejor de las conductas en ese sentido; en principio, quiero ser muy fiel a mí, y a la relación que deseo tener con la música. Para mí, es una cosa a la que le tengo mucho respeto y mucho amor. No la concibo como un medio de laburo, sino que es el trabajo de la construcción, sin pretensión de ser una forma laboral para ganar dinero. Por supuesto que tenés que cobrar de alguna manera...

-... tenés que subsistir...

-Sí, pero me parece también de que hay que apuntar, al menos, a ese modelo de la dignidad, entregando lo mejor. Si alguien dedica una hora brindándote su oído para tu música, después no le podés decir una estupidez, sino que debés decirle lo mejor que puedas. Por eso, trato de contagiar ésta idea, si puedo. A mí me han contagiado otras personas que tenían también sus puntos de ver las cosas. No es algo que nace exclusivamente de mí; soy parte de una contemporaneidad con un montón de gente con la que hablamos y discutimos sobre todo esto. Puedo creer en mi música, como todos deberían de hacerlo de alguna manera. Los músicos de acá nos pasamos mirando la música de cualquier otra parte del mundo, y me parece hermosísimo eso, pero me parece que nosotros también tenemos algo que dar a este globo, y es lo que somos. Trato de contagiarlo y es difícil de lograr. No quiero especular mucho sobre eso, porque el contagio se da por un canal natural, simplemente porque uno lo hace y otro dice: ‘¡Ah, mirá! Éste vive de la música de él”. Muchos músicos de Buenos Aires viven de la música como un laburo. Es como una especie de paradoja o de incoherencia, porque por un lado parece que amás la música, pero por el otro tocás una cosa que destruye esa idea. Entonces, ¿cómo sostenés tu palabra? Esa es mi idea.

 

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