Leo Maslíah PDF Imprimir E-mail
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Sábado 12 de junio - Teatro Lasserre

Formación:
Leo Maslíah: Teclados y voz

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Diario Castellanos - Martes 15 de junio de 2004 - Contratapa

Leo Maslíah en Rafaela
MÚSICA Y DELIRIO
Por Francisco Marzioni
Especial para Castellanos

La llegada de Leo Maslíah es un acontecimiento largamente esperado en Rafaela. Desde que el Ciclo de Música Popular hace ya cuatro años comenzó a organizar recitales de músicos argentinos -donde recibimos figuras de primer nivel como Luis Salinas, Carlos Aguirre o Liliana Herrero- el nombre de Maslíah se convirtió en un rumor inagotable. El sábado 12 de junio en el Teatro Lasserre, finalmente, las ansias culminaron con la presentación de este escritor polémico, humorista desenfadado, y, por sobre todo, un músico excepcional.
Leo Maslíah habla desde un lugar totalmente propio y personal: no se parece a nadie, no tiene antecedentes ni sucesores, no se ubica en el cómodo lugar de ser parte de una generación, ni nada por el estilo. En cada palabra que susurra en el escenario, en cada nota, cada acorde -extraños, mágicos, increíbles acordes-, Maslíah suena a sí mismo, habla sobre sí mismo, radiando un mundo personal hacia el público, que está ahí, esperando conocerlo y, también, reconocerse en él.

Un concierto de música culta
La excusa: la presentación de “Textualmente 2”, su nuevo disco. A las 21:30, 250 personas entraron en el teatro, acomodándose en sus butacas desordenadamente: todo estuvo listo en no más de cinco minutos. El público, visiblemente ansioso, conversaba sin parar, y se silenciaba rápidamente ante un indicio de comienzo. Quince minutos después se sube el telón y el escenario aparece despojado: sólo un teclado Ensonic KT-88 y un fondo de tela negra. Nada más. Para quienes lo vieron por primera vez -la mayoría, seguramente- esto debe haber sido un poco decepcionante. Leo se sentó detrás del teclado, y de cara al público, comenzó intempestivamente con “Sonata del Perro de Mozart”, una sonata compuesta al estilo de Mozart, aunque con algunos “chistes musicales” incluidos, como él mismo lo definió en una charla previa al show de esa noche. Hilarante hasta el extremo, el cálido comienzo predispuso al público: quien no lo conocía, se dejó llevar, quien ya lo conocía, adivinó que sería un gran concierto.
Sus dedos recorrieron una buena parte de su viejo repertorio. “Todo con respaldo” -una crítica a la sociedad de consumo editada a principios de los años ´80, cuando nadie sabía qué era el neoliberalismo-, “El Juntapuchos”, “La recuperación del unicornio”. También se dedicó a las piezas más nuevas, algunas deliciosas críticas sociales como “El neoliberalismo”, o las ácidas ironías de “La nueva agencia”. Pero tal vez lo que más impresiona de Leo Maslíah es esa disociación tan característica de aquello que toca con lo que canta. Sus manos pueden estar tocando las más complejas piezas del mundo pianístico y él, impávido, nos contará un cuento acerca de cualquier cosa. Sabiendo de su enorme capacidad, y con la irresistible irreverencia que lo caracteriza, decidió incluirle una letra tres obras clásicas: una fuga de Mozart -“La voz del medio”, una fuga a tres voces donde le pone letra a la ignorada voz del medio-, y, tal vez la más divertida, el “Cascanueces” de Tchaikovsky, en una versión reducida.
Las canciones de Maslíah suenan extrañas al oído no avisado. Maestro de armonía, las cualidades técnicas como compositor e instrumentista están más allá de lo que se suele encontrar en la música popular, lo que le valió el reconocimiento incondicional de sus colegas (que incluyen a León Gieco, cuando confesó que la idea de “Orozco” se inspiró en la obra de Leo). Maslíah aporrea su piano, que parece un juguete en sus manos, casi contrastando con el suave susurro de su voz. Ese estilo de canto monocorde, sumando a su rostro carente de inflexiones son los sutiles detalles que convierten a un show de Leo Maslíah en un momento intenso: Maslíah no sólo no necesita grandes escenarios, luces pirotécnicas ni escandalosas torres de sonido: el minimalismo es parte del humor, el escenario como una estructura mínima que apunta directamente al texto y a la música, al delirio increíblemente coherente de un autor que lleva la locura hasta el límite mismo de la razón. Bajo estructuras compositivas casi surrealistas, Maslíah nos habla de nuestra propia realidad, con esa deliciosa vuelta de tuerca humorística que nos acerca mucho más a la reflexión que la insoportable solemnidad de muchos pensadores. Casi como un trovador medieval, armado de su instrumento, su voz y sus palabras, Leo Maslíah nos enfrenta constantemente al espejo donde se refleja la miseria humana, donde nosotros mismos nos reímos y reflexionamos sobre nosotros mismos.

Biromes y servilletas
Maslíah también escribe. Sí, como si fuera poco, Maslíah es un gran escritor. Amante de los juegos de palabras, confeso admirador del idioma inglés y francés por su capacidad elástica para la rima, Maslíah utiliza el castellano como combina los acordes más caprichosos: con total tranquilidad. Como quien comete el más divertido de los pecados, Maslíah arremete contra la mediocridad de la escritura en cuentos, anécdotas, monólogos, comentarios, entregados al público por vía oral, pero nacidos de la más pura escritura. Leo no recita, lee. Con grandes papeles en el atril del piano, cada palabra que Leo dice en el show está previamente escrita y, en muchos casos, editada en discos y libros propios. Sus últimas grabaciones se centran en ese aspecto: la textualidad. Parece que improvisa, aunque en realidad simula. “El apagón”, un monólogo sobre la oscuridad, “Las vacaciones”, donde cuenta las vicisitudes de un hombre que se va de vacaciones a un hotel de 360 habitaciones, y “Decires” -una pelea de pareja que ronda alrededor de entredichos- son algunos de los textos que hizo la noche del sábado en Rafaela. Con sus manos sobre el teclado, pero sin tocar, Maslíah lee y en realidad dice, hace reír y, en realidad, está haciendo pensar.
Hoy, cuando la moda humorística es hacer jocosas observaciones sobre la realidad cotidiana, Leo va mucho más allá. Quien no se sienta realmente incómodo ante los ácidos chistes de Leo, que tire la primera piedra.

El show de José Fin
Maslíah se despide escuetamente. El público pide más, haciéndoselo saber con sus aplausos. No se va, se queda en los asientos, como si el fin nunca hubiese llegado, y la silueta de Leo quedó sombreada detrás del teclado. Tímidamente vuelve a entrar en el escenario, sonriendo por primera vez, con sus enormes papeles de apuntes en las manos. Y anuncia que va a leer los horóscopos de la semana de todo el público. Así, con su texto “Horóscopos 1”, cerró el inolvidable espectáculo que dio por primera vez en Rafaela. A las 23:15 quinientos pies abandonaron la sala, y, ya en el hall, decidieron quedarse a charlar, mientras muchos compraban discos y libros de Leo. El protagonista no se hizo esperar: no más de 10 minutos después caminaba por el hall, como intentando pasar inadvertido. Mujeres, hombres y chicos se acercaron, él firmó autógrafos muy amablemente charlando con todos. A pesar de no haber esbozado ni una sonrisa a lo largo de su presentación pública en Rafaela, se lo veía distendido y relajado, hablando de la enseñanza de la música clásica, del show y de sus libros. Luego, se fue a comer con toda la organización a un restaurant del centro, contra su propia costumbre de cenar solo después de sus recitales. Adentro, el teclado Ensonic KT-88 quedó solo, quieto, inmóvil, completamente silencioso. Las butacas compartían el vacío del silencio. Entonces se pudo advertir: la música se había ido con él.

 

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