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Viernes 13 de junio - Teatro Lasserre Formación: Hugo Fattoruso: Teclados y voz Osvaldo Fattoruso: Percusión Noé Nuñez: Tambor repique Fernando Nuñez: Tambor chico Diego Paredes: Tambor piano
Comentarios en torno al evento Diario La Opinión – Domingo 22 de Junio - Suplemento Rastros–Usos del arte y las ideas – Año I – Nº 17 – Página 4 Sobre la presentación de Hugo Fattoruso y Rey Tambor en Rafaela LA LLAMADA Llamada es, en la jerga popular oriental, el paso de los cuerpos de percusionistas y bailarines por las calles de Montevideo y su convocatoria desde el sonido de los tambores. En día que dicen de mal agüero y peor fortuna, el sabor y la bullanga de esa muchedumbre se destilaron el viernes el viernes 13 en el Teatro Lasserre desde las legendarias figuras de Hugo y Osvaldo Fattoruso, acompañados por Rey Tambor. Adjuntar al nombre de Hugo Fattoruso una pequeña biografía resulta poco menos que irónico si se tiene en cuenta la extensa y profusa carrera del músico uruguayo, fundador de “Los Shakers”, la mítica banda que en los sesenta difundió el rock de influencia británica en América Latina y que afectó considerablemente la escena del género en nuestro país, y de “Opa”, agrupación gestada en el año 1969 en Estados Unidos junto a su hermano Osvaldo y Ringo Thielman, entre otras. “Opa” fue uno de los primeros grupos que abrazó con musical equilibrio el rock, el jazz y algunos ritmos latinos, sobre toso el candombe. No es poca cosa informar que trabajó junto a Milton Nascimento, Djavan, Toninho Horta, Naná Vasconcellos, Remeto Pascoal y Chico Buarque, por nombrar algunos. Rey Tambor es un grupo de jóvenes percusionistas que arrastran en su estirpe la fibra original de la raza de ébano, de aquellos esclavos negros que del África fueron arrancados para trabajar en colonias portuguesas de Sudamérica allá por los siglos XVII y XVIII. Estos tres tocadores (que otros nombran “tamboriles”) son Diego Paredes en Tambor Piano (el de sonido más grave, que sirve como base rítmica), Fernando Nuñez en tambor chico (el más pequeño y agudo, y más estable rítmicamente) y Noé Nuñez en tambor repique (el que más improvisa, decorando libremente las frases). El piano sutilmente jazzero de Hugo Fattoruso, el estilo autóctono de Rey Tambor y la mañosa batería de Osvaldo Fattoruso recrearon versiones notables de temas como Esa Tristeza o La Mama Vieja de Eduardo Mateo, Aprepárate del Negro Rada, Para Candombear de los hermanos Pintos, o la nostálgica La Casa de al Lado de Fernando Cabrera. Oración aparte merece la exquisita interpretación de La Papa en las manos y el cuerpo de los dos hermanos uruguayos. Ensayando una reflexión postrera y concluyente, se puede afirmar que si pensamos al ritmo como una fuerza que instaura sentido, comprobaremos que la fuerza volcada en la formación de un ritmo no es sino el impulso del acto musical. Al ritmar este impulso, la música pone en escena esa fuerza de manera regular. Teniendo en cuenta que la naturaleza del impulso es desenfrenada y que en este desenfreno nace la indeterminación, podemos idearlo como una especie de deseo autónomo y emancipado. Este caótico movimiento recae, inevitablemente, en el orden, en la prescripción racional, en la delimitación interpretante. En el candombe, particularmente, la medición de esa desmesura no se opone a su tendencia, sino que es la medida de esa desproporción. Como apreciamos en la música popular, cuanto menos institucionalizada o academizada o clasificada, más irracional y espontánea. De esta textura fue la audición en la noche del Lasserre. Aunque detecto aquí una paradoja, hija de la siguiente formulación: ¿cuán intuitiva y genuina puede llegar a construirse una exposición de género popular y callejero en la distribución compositiva de un teatro? Daban ganas de bailar en los pasillos, de voltearse en las butacas. Se percibía ese acartonamiento, esa incómoda disposición de los músicos y oyentes, ese temblor contenido. Tal vez sea el precio de no acercarnos a la cocina del candombe y de contratarlo. O tal vez sea el precio que paga el grupo por exportar su nervio musical. Esto debiera pasar en todos los conciertos: la música, antes que nada, es una vibración, y nosotros somos, después de todo, pura materia. Por Jonatan Santillan. |