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Viernes 7 de Agosto - Teatro Laserre Formación: Guitarra: Marcos Núñez Bandoneon: Juan Núñez Percusión: Chacho Ruíz Guiñazú Bajo: Hernán Prado
Comentarios en torno al evento Diario La Opinión - Domingo 16 de Agosto 2009 - Suplemento Rastros, usos del arte y las ideas - Año II - Nº 77- Página 4 SUENA EL RÍO, AGUAS TRAE En el marco del Ciclo de Música Popular organizado por la Asociación Cultural Otras Voces con el aporte de la Comisión Municipal para la Promoción de la Cultura, en el Teatro Lasserre se presentaron los Hermanos Nuñez junto a “Chacho” Ruiz Guiñazú, ofreciendo un recital exquisito en el que abordaron la música del nordeste argentino. Cuando el grupo aparece y suena, comienza una experiencia concreta. No puede encontrarse la precisión en el ámbito de la subjetividad, pero sí, a la manera de Koan Zen, señalar la luna antes que describirla. Parecería una experiencia de retrospección. Hay en la concentración de los músicos, en sus gestos, en sus rostros, una innegable predisposición hacia el pasado (la música, en algún punto es recuerdo). Parecen recordar algo y la búsqueda comienza con sus manos recorriendo el instrumento, palpándolo, sintiéndolo incluso en el silencio, como “cosa” en sí, antes de ser instrumento “para” algo, previo a su ebullición resonante. Se gesta, lentamente, un discurso de la referencia al paisaje, a sus tonos, a su música, a su fauna, a sus hombres y mujeres, a sus nostalgias, en fin, a todo aquello que encierra (y libera) la palabra paisaje. Todos sospechamos que llevar hasta sus últimas consecuencias una experiencia, un estilo de vida, un modo de sentir el mundo, es contarlo. En este caso, trasladándolo desde el cuerpo propio al ajeno por medio de la medio de la música. Y es que uno se predispone a escuchar ciertos ritmos litoraleños, ciertos aires de la mesopotamia, y espera la función con una relativa información del grupo. Pero lo que sucede a continuación es algo totalmente inesperado: una melodía comienza a enredarse entre las luces y el humo, se despliega sobre el escenario, lo desborda y se derrama con parsimonia entre el público. El soplo de sol y mate y monte es ya rigurosamente presencia y realidad. Luego se irá gestando un rumor de tierra y tronco que, poco a poco sostendrá con vigor la estructura naciente. Detrás de esta escena están las manos y el cuerpo de cuatro refinados músicos. Juan Nuñez en bandoneón, Marcos Nuñez en guitarra, Hernán Prado en bajo y Chacho Ruiz Guiñazú en percusión. Los dos primeros, virtuosos en la ejecución de sus instrumentos, descienden de una familia que produjo notables músicos. La ejecución del bandoneón, a veces un acordeón transparente, otras un fuelle ronco que arrastra al resto del grupo, nunca dejó de sonar como bandoneón, pero con las connotaciones anteriores. La mano derecha de Juan Nuñez posee una flexibilidad envidiable y consigue decenas de texturas e intensidades diferentes con la sugestiva presión de sus dedos. En tanto, lo de Marcos Nuñez es sencillamente extraordinario. No nos asombraron sus prodigiosos rasgueos y punteadas ya que en cada presentación lo ratifica. En sus manos están todos los cantos de los pájaros que guarece la selva misionera. Hernán Prado cumplió con crece su rol, otorgando al grupo cohesión sonora desde la precisión de su fraseo grave, pero no tuvo lucimientos comparables al resto. Párrafo aparte para Chacho Ruiz Guiñazú, con esa manera muy suya de percutir, casi en el pliegue del golpe, ahí donde las escobillas o las manos están a punto de impresionar la caja de resonancia. Se podría decir que cada golpe suyo, tal como sucede teóricamente, aunque aquí hablamos siempre de certezas sonoras y de rastros más que evidentes, renueva constantemente al anterior, de manera que logra exponer un discurso fresco y desenvuelto, como si su música viniera sin mediaciones desde esos ocultos riachos que proliferan en nuestro litoral.
El repertorio fue otro acierto. Circularon algunos chamamés tradicionales como “Mi bien amada” y “La colonia” de Tránsito Cocomarola, “La calandria” de Isaco Abitbol, “Granja San Antonio” de Tarragó Ros y otros ritmos vivaces como la polca “Llanto Correntino” de Rubén Amarilla” y la galopa “Paisajes” de composición propia. Hubo tiempo para una improvisación de Juan Nuñez, para el lucimiento individual en solos excepcionales, para una interpretación de “San Jorge” del inmenso músico brasileño Hermeto Pascoal, para la versión de “Merceditas” con participación del público presente y hasta un momento para homenajear al recientemente fallecido guitarrista Horacio Castillo.
En definitiva, los Hermanos Nuñez con Ruiz Guiñazú brindaron un recital en el que la narración musical encontró un suelo próvido para traer aires y recuerdos del nordeste, de esa tierra roja, verde y celeste que destila cierta melancolía salvaje y profunda; cuyo aspecto se percibe aún cuando no fuera directamente referido. No en vano decía el maestro Giovanni Pergolesi “la música nace en el límite mismo del fracaso de la palabra”. Fotos: Administrador |