Chango Spasiuk Grupo PDF Imprimir E-mail
Escrito por Administrator   

Viernes 8 de octubre - Teatro Lasserre

Formación:
Horacio "Chango" Spasiuk: acordeón
Sebastián Villalba: guitarra y voz
Víctor Renaudeau: violín
Eugenia Turovetzky: cello
Javier Martínez: percusión

Diario La Opinión - Suplemento Rastros Usos del arte y las ideas - Año III – Domingo 17 de Octubre 2010

Tapa

La Misión del Músico Popular

Convocado por el Ciclo de Música Popular que organiza la Asociación Cultural Otras Voces con el aporte del Ministerio de Innovación y Cultura Provincia de Santa Fe, el prestigioso acordeonista Horacio “Chango” Spasiuk tocó en el Teatro Lasserre y habló con Rastros sobre su vínculo con la tradición, su sentir musical y su deber como intérprete.

Páginas 2 y 3

Encuentro cercano con el Chamamé

“Aparte de esta lengua, tenemos otra lengua diferente, aparte del infierno y el edén, tenemos otro sitio diferente; viven por otra Alma los corazones libres, esa perla preciosa de su ser es de otra mina diferente”.
                                                                                     Molana Rumi (poeta persa)

El Chango viene al encuentro. Y eso quiere decir que andará buscando en su acordeón aquel sonido que invite al otro a una casualidad esperanzada. Aquella vibración que describa una pincelada única y certera frente al público obnubilado por su templada ceremonia musical. Ese público que lo mira como quien mira a un sacerdote disponer con milenaria paciencia, uno a uno, los elementos rituales. El Chango invita y se invita, apareja la mesa y se sienta, con su granate manta sobre las rodillas levanta el acordeón (nacarado, blanco, magnífico), lo apoya sobre la falda y comienza a susurrar algunas insinuaciones musicales que se suspenden del silencio de la sala. Ese es el Chango, el mismo que anda, anduvo y andará de acá para allá, llevando música, llevándose a sí mismo: “Yo me muevo llevándome a mi mismo, aunque yo no me pongo a pensar mucho en eso, simplemente vivo la vida que me toca vivir y que de alguna manera se va dando. Yo saboreo y trato de hacer lo que creo que me toca hacer lo mejor que puedo”, dice mientras camina por el boulevard Lehmann rumbo al hotel. Falta apenas una hora para que empiece el recital y los kilómetros recorridos por tierra desde Formosa no parecen pesarle demasiado. Volátil el Chango.

La música una llave
No hay tiempo ni presión para él. Solamente música y encuentro. Continúa: “La música es una herramienta para buscar algo más, no es solamente entretenimiento o algo para aprender de qué se trata un género folclórico en particular o conocer sobre una tradición.  La música es una oportunidad para crear una situación en la que uno puede anhelar y sentirse de una manera diferente, no es solamente entretenerse o evadirse.  Es como cuando Atahualpa dice -alumbrar un momento-, buscar un momento en el que uno pueda sentir un poco de paz, construir una situación en la cual algo de uno se ve alimentado, algo se nutre. Y no es el que está tocando solamente el que da algo a los demás, sino que uno mientras está tocando juega un rol, un papel, pero también está tan necesitado como el que está abajo. Porque en general parece que es el músico el que está en una situación privilegiada con respecto a lo demás, y en realidad todos estamos necesitados de ser tocados por algo más grande, solamente que cada uno juega un papel diferente. Hay unas palabras del poeta persa Rumi que dicen: -El que escucha es quien ejecuta, y el que ejecuta es quien está tratando de escuchar-. De alguna manera todos creamos una situación donde queremos saborear algo. A veces puede suceder, otras veces no, a veces nos sentimos mejor, otras veces no. Pero siempre uno se esfuerza por lograr algo bueno y constructivo, no solamente cumplir con el oficio de músico, sino tratar de que eso sea una oportunidad para algo más”.

El Navegante
Ni que lo diga él, que llegó desde su Apóstoles natal a Buenos Aires bien mozo, con un acordeón y algunos bártulos y que durmió en azarosos garages hasta que el cansancio lo derrumbaba.  Cuando no daba más se tomaba un treen de regreso a Misiones.  Allá por el '88 se estableció en la Capital, pero siguió durmiendo en la sala de calderas de un edificio en el que trabajaba un portero misionero amigo de la familia.  Luego del áspero comienzo vendría la consagración, en 1989 revelación en Cosquín, en 1992 conciertos como músico invitado de Divididos, en 1997 participación en el Festival de Jazz de Montreal, uno de los más prestigioso del género, y más, mucho más.
Pero el Chango sigue siendo el Chango.  No se sube a ningún pedestal.  Lo único que escala son los escaloncitos del escenario: “El escenario es una oportunidad para algo y que uno anhela que se presente ahí, en ese momento.  Yo trato de estar atento a ese proceso y hago lo mejor que puedo, hacer bien mi parte.  Uno construye a partir de una tradición, de un lenguaje, de un instrumento, desde un lenguaje sonoro que en este caso sería el chamamé o la música folclórica de la región.  Pero no se debe olvidar que ese lenguaje y esa tradición son una herramienta para ir en busca de algo más, que puede aparecer o no”.

Lo que estuvo antes
También respetuoso el Chango. Muy serio con lo que heredó. Ya apoltronado en un sofá del hotel, reflexiona: “Yo me paro frente a la tradición cumpliendo lo que me toca cumplir es este momento de la historia del lenguaje.  El lenguaje está antes que yo, al igual que la tradición. Y ambos seguirán después. Entonces uno es simplemente parte del momento, y en ese momento yo estoy parado. Estar en ese momento o tratar de expresarlo a mi manera por ahí es leído por muchos como vanguardia o fusión. Pareciera que quién está tratando de ir hacia una vanguardia estética está enemistado con la tradición cuando en realidad no existe ninguna vanguardia sin tradición. Porque la única manera de desarrollar estéticamente un lenguaje es teniendo un profundo conocimiento y un inmenso repeto por él. De manera que yo siempre soy muy respetuoso de lo que se entiende como tradición. Y por eso en casi todo mi repertorio siempre hay compositores populares. El respeto trasciende las elecciones acústicas que uno realice, me parece que está en el conocimiento que uno tenga de cierto lenguaje”.
Luego del trabajo “Polcas de mi tierra”, que vio la luz en 1999, Spasiuk se despacha con un disco notable: “Chamamé crudo” (2001). Y las críticas no se demoran. Al cabo de un trabajo etno-musicológico intenso que incluyó horas y horas de grabaciones de paisanos cantando y tocando la música tradicional que los inmigrantes ucranianos depositaron sobre la tierra colorada, asomó con una tónica ríspida y potente en los instrumentos y muchas composiciones propias que estaban más cerca del precepto jazzero que de las danzas danzas de kermeses o de bailes de patio regado. No tardaron en florecer algunas reprobaciones. Sobre todo de quienes veían en él una joven promesa de la música litoraleña y mesopotámica. Pero el Chango sabe con qué bueyes ara: “Después está el riesgo: uno se arriesga a probar algunas cosas, que a veces salen mejor que otras. Por ejemplo “Chamamé crudo” es un disco que yo quiero mucho, pero que cuando lo escucho pienso que algunas cosas pudieron haberse llevado a cabo de otra manera. Pero a pesar de esto el disco sigue teniendo algo detrás de todo, una esencia que me conecta con un momento en el que yo estaba totalmente convencido de esa búsqueda. Y eso era lo que se podía hacer en ese momento”.

Lo que se siente
Este músico inquieto y preguntón recorró la república como conductor del programa “Pequeños universos”, transmitido por la señal “Encuentro” durante 2007 y 2008.  Viajó por el territorio argentino en busca de pequeñas comunidades. Escuchó su música, preguntó, tocó con los intérpretes nativos, se rió, improvisó, incorporó estos minúsculos mundos a su universo. Y siguió viaje.
Después de tanta y diversa experiencia, ¿qué podés decir acerca de la manera en que se recepciona el folclore, dependiendo del contexto?
“No todos los músicos toman la tradición de la misma manera, no todos la sienten de la misma forma.  Uno aprende con el tiempo a adaptarse a la situación en la cual está y trata de hacer lo que el contexto pide.  Pero esttá claro que no es lo mismo sentarse a tocar con un músico de rock que con un músico de algún pueblo originario. En la superficie no es lo mismo porque los contextos son diferentes. Y por ahí, en muchos casos, en el fondo tienen algo en común, como la necesidad de sentirse a salvo, por ejemplo. Y otros tipos de estéticas que no son autóctonas, ni tradicionales, ni de pueblos originarios, manifiestan también que el músico es un hombre que está tratando de sentirse más en paz. En lo medular todos están tratando de buscar algo, pero a su vez no todo es lo mismo, porque no todas las personas son iguales, ni todas las situaciones presentan la misma calidad, ni todo el mundo busca lo mismo; algunos quieren ser exitosos en lo que hacen y otros se quieren sentir en paz”.

El Sacerdote
Y ésta es sólo una parte del Chango, tal vez la más sustanciosa o la que él prefiere y siente que tiene que cultivar. Ser un eco, llevar voces de un lado a otro, mediar entre el público y los sonidos, crear espacios que piden ser poblados, convidar un gusto ancestral por la música, por el baile, por el canto. Siempre con algún músico paisano a cuesta, con algún Villalba seguro (extraordinaria estirpe de músicos con pareja musicalidad y técnica). Siempre empujando el límite, sometiéndolo, traspasándolo y regresando. Un peregrino que busca la trascendencia de cualquier epíteto, de cualquier calificación. Aunque siempre fiel a la música que escuchó y vivió en  su Misiones natal, un fenómeno heteróclito, hijo de corrientes ucranianas, brasileras, paraguayas, criollas, indígenas. Pero con la rúbrica imborrable de grandes maestros: Cocomarola, Montiel, Abitbol, entre otros. Un instrumento más, el Chango, la música hecha hombre, la encarnación. Mientras se dirige a la habitación, gira sobre sí mismo y sentencia: “Pero todo lo que diga es en vano, a la música hay que saborearla”. Si usted lo dice, Chango...

Por Jonatan Santillan
Especial para La Opinión

 

 

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