Carlos Aguirre Grupo PDF Imprimir E-mail
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Jueves 9 de diciembre - Centro Cultural La Máscara

Formación:
Carlos Aguirre: composiciones, voz, piano y guitarra
Luis Medina: guitarra, guitarra piccolo y piano
Alfonso Bekes: guitarra y mandolina
Gonzalo Díaz: percusión
Fernando Silva: contrabajo y cello
Silvia Salomone: voz y accesorios
Paula Rodríguez: voz, flautas y accesorios
Emilia Wingeyer: voz y accesorios

Artistas Invitados:
María Victoria Birchner: voz
Rubén Carlini: guitarra
José Ignacio Perren: piano

Diario La Opinión - Domingo 19 de Diciembre de 2010

Suplemento Rastros - Usos del Arte y las ideas – Año III – Nº 145 – Página 4

Tapa
La Poética del acontecimient
o

La presentación del Carlos Aguire Grupo en el marco del Ciclo de Música Popular que organiza la Asociación Cultural Otras Voces fue motivo para reflexionar acerca del acto musical en tanto acontecimiento único o reposición de otras presencias, y sirvió para recordar al gran poeta Juan L. Ortiz, otro entrerriano ilustre.

Páginas 2 y 3

La quietud del recuerdo

La presentación de “Carlos Aguirre Grupo” en el Centro Cultural La Máscara fue otra buena oportunidad para comprobar la excelencia del Ciclo de Música Popular organizado por la Asociación Cultural Otras Voces.
Todo acontecimiento se erige como una esencia imprevisible, un acto espontáneo que, tarde o temprano, produce una nueva ruptura semántica.  Simplemente acaece y produce un nuevo sentido.  La presentación del Negro Aguirre dando a conocer temas de su disco “Violeta” revistió una formalidad esencial para su concreción y como parte fundante de su calendario, pero al mismo tiempo, en el momento de su manifestación, produjo una catarata de impresiones fortuitas que dispararon consideraciones un tanto fugaces.  En este artículo se compartirán algunas de esas imágenes que se vieron reforzadas con declaraciones del propio músico a Rastros.

Tragedia

Esta imprevisibilidad de las acciones deviene en un espíritu de tragedia, y a la más pura esencia helénica nos referimos, que repone continuamente, momento a momento, sus propios principios, sus propias pautas, sus propios sentidos.  Cuando Carlos Aguirre invoca ciertos temas produce una representación exacta del momento en que fueron concebidos, como si se tratase de un segundo nacimiento.  Este génesis se debate entre contradicciones luminosas que pugnan por convertirse en las impulsoras del movimiento: los símbolos musicales y las coyunturas difusas que las interpretación genera: el sonido y el silencio, el cuerpo y el vacío (hay circulación constante de los ejecutantes por el escenario, cambios de formaciones).
Y aquí aparece la ruptura como timón del discurso musical.  El mismo Aguirre declara cuando Rastros lo interpela: “Con el grupo tuvimos la necesidad de hacer un disco así, porque venían sucediéndose composiciones en las que el objeto de trabajo era la forma, un aspecto que generalmente cuando trabajás sobre ritmos folclróricos ya te es dado.  Yo sentía que esa era una asignatura pendiente.  Teníamos ganas de trabajar sobre otras formas, sobre formas tal vez más expandidas, que no tuvieran una limitación coreográfica.  Eso fue un poco lo que motivó este trabajo, un desarrollo que se estructurara como pequeños viajes que fueron pensados siempre al interior de uno.  Esa era la idea, navegar en los distintos estados de uno, incluso sin evitar los viajes oscuros hacia una nostalgia pesada, detenida en el tiempo”.
Y el Negro parece haber recorrido toda la tierra costera.  Cuando canta afloran los aroma más sutiles, los signos menos perceptibles y los más evidentes, la fuerza de un paisaje que tiene su correlato con la profusa percusión utilizada en este trabajo.  Hasta la voz se vuelve paisaje: tres voces femeninas que nunca o casi nunca pronuncian una palabra, sólo onomatopeyas, jitanjáforas y balbuceos de perfecta entonación que se enredan en las sonoridades instrumentales logrando una complementariedad exacta entre tantos y tan ricos timbres.

Navegaciones

Y es que a la manera de un poeta, el Negro se identifica más con la ruptura que con la novedad melódica dentro de un género ya estipulado.  Es una de las cualidades de este disco tan singular.  La generación de atmósferas, de impresiones sonoras que enlazan variadísimos timbres y ritmos, desde el candombe hasta la zamba, pasando por el jazz o el samba brasilero.  Todo es cordialidad, un enramado de voces y timbres y ritmos que se imbrincan para dar a luz pequeñas piezas de una sutiliza asombrosa.  El sello del Negro, claro.  El recital, paradoja pura: por un lado la repetición de los temas del disco “Violeta”, pero al mismo tiempo pura huella aleatoria, como sabor final de una rara combinación de condimentos habituales.  Simple acontecimiento.  Viaje único sin topografía, justamente eso, un territorio sin parcelas ni advertencias.  Un viaje de resonancias a través del tiempo, río arriba.  Ese río que el Negro tanto admira y necesita, como una musa insoslayable.  El mismo río que canta Juanele: “Oh, si él (el río) hubiera tomado la otra dirección/ en un surtidor de ramas y de hojas y de flores y de alas/ pero con el alma del sauce/ sobre la cita de los arroyuelos del aire…”  Y el Negro no se cansa de rendir homenaje al gran faro que fue el poeta entrerriano: “Para nosotros Juanele es el norte, una dirección de hacia dónde va la cosa.  Hace poco leía -Una poesía futura-, un libro de entrevistas a Juanele y charlaba junto a otro músico paranaense acerca de lo extraordinario que resulta tomar algo de Juanele después de tanto tiempo y sentir que te guía, que te marca el rumbo”.
Y en ese río, el recuerdo.  La única manera de detener el tiempo, según decía el poeta eslavo Jeroslav Steifert.  Mediante la rememoración se recupera algo del pasado.  Esto es re-creación, darse la vuelta, contemplar lo que pasó (¿o lo que se vienes?), darle la cara al pasado.  La música no es otra cosa que rememoración: cuando se ejecuta una obra se actualiza su primera escritura, vuelve a ponerse en escena un acto creativo original.  Y parece que Aguirre a eso lo tiene bien en claro, porque las circunstancias que difunde en sus presentaciones en vivo abundan en signos inequívocos de dicha ritualidad: miradas constantes y sonrisas hacia los demás integrantes, diálogo permanente en escena, manifestación física de retribuciones musicales, intercambio de instrumentos, admiración por los despliegues musicales de los demás.  El hecho mismo de compartir no uno sino cientos de recuerdos o impresiones propicia justamente el aquietamiento, la ceremonia.  Este constante acto de citar al presente es lo que permite habitar el sentimiento, darle cuerpo al río, encontrar lo poético sin llegar a la palabra manifiesta.  Solamente la evocación que activa el recuerdo y lo pone a funcionar en determinada frecuencia contextual.

Agua

Lo que emprendió Aguirre hace ya una década con el disco “Crema” no es otra cosa que la circulación de un caudal de ideas y letras y ritmos y cadencias que no parecen tener un horizonte definido, lo mismo que un río que se puede conocer fragmentariamente, pero nunca en su totalidad, que puede ser visitado en alguna orilla, pero que siempre termina por escaparse de la lógica, de la clasificación, de la sujeción.  Parecería que toda obra que se genere a partir de ese primer mojón quedará integrada a algún color y formará parte del caudal mayor de una obra tan singular como irrepetible.  Incluso se tiene la certeza de que todo lo que componga o escriba el Negro ya tiene su lugar en ese cauce.  Los colores anuncian poesía, ya lo decía Juanele “Azul, lila, rosa, amarillo que apenas/ es y el creciente en el río de perla”.  Justamente lo que Aguirre encarna es esa huída del vacío, de la transparencia, de la ausencia de color y de vida.  Todo en él es intención de pintar: “Crema”, “Rojo”, “Violeta”.  Una paleta musical plagada de matices que definen una trayectoria o camino hacia la abstracción en este último trabajo.  Antes que abstracción debiéramos decir collage, enramada de texturas y ritmos que pueden reconocerse individualmente, selectivamente, en su fugaz aparición, pero que enlazadas a la totalidad de un tema o en una sección musical regeneran su propio sentido y el del fragmento que está sonando simultáneamente.  Es por eso que en una primera audición corremos el riesgo de importunarnos ante esos climas no tan definidos y ambiguos y extensos (extendidos).  Pero si con agudeza nos dejamos sorprender, notamos que lo que el Negro busca es incitar una nueva sensibilidad, invitarnos a una nueva manera de percibir el tiempo y la música.  Hay tres temas que pasan holgadamente los diez minutos de duración.  Para una pieza que forma parte de un disco catalogado como “nuevo folclore” o “música latinoamericana de fusión” parece, como mínimo, prolongada.  Este montaje musical que presenta el músico paranaense opera en un sentido anti-lógico evadiendo el análisis particular de cada tema e incluso de cada momento dentro de un tema.  Los motivos aparecen y al instante se disuelven en la masa sonora para surgir nuevamente más adelante.  De esta manera no podemos más que tratar de acercarnos desde una orilla a ese fluir persistente que escuchamos, agotados ya por la tarea de abarcar unidades o descomponer células.  Un golpe a nuestra fracción lógica que tan predispuesta parece al razonamiento.  Aguirre nos toma de la mano y nos arrastra a su mundo, un mundo que a su vez se empareja con el universo de Juanele o, permítasenos divagar, con el de Juan José Saer.  Un universo delimitado con cierta infinita restricción, poblado de imágenes comunes (el río, la palabra, el aire, la música, los colores, la amistad) que delatan una entidad enérgica y ribereña.

Naturaleza

Infructuosamente intentó evadir esa vertiente cuando dejó su Paraná querido para internarse en una Buenos Aires que prometía incluirlo en un circuito más reconocido a nivel nacional y con mayor legitimación.  Pero fue en vano, y él mismo lo aclara.  Después de un año de experiencia porteña decide regresar a Entre Ríos.  El producto de ese regreso es el disco que estamos comentando: “Cuando regresé de Buenos Aires a Paraná, fueron surgiendo cosas que tenían el mismo color, más espiritual.  Si bien al año que pasé en Buenos Aires lo recuerdo con mucho cariño porque conocí gente muy linda –no es la ciudad atroz y caótica que se piensa-,  Tiene cosas muy interesantes, oportunidades, información.  Pero a su vez es difícil escuchar la voz interior en un espacio donde la propuesta de comunicación es un grito, como en cualquier ciudad grande.  Así que todas esas voces profundas aparecen cuando uno está en un espacio que te lo permite y cuando le das el espacio a ese silencio que es mucho más abarcador que el silencio sonoro.  En Buenos Aires, si no tenés en claro qué es lo que querés, podés terminar en cualquier lado”.
A su regreso, el nuevo hogar le deparará texturas y timbres diferentes, de manera que no es sorprendente encontrar temas como “Invierno” o “Casa Nueva” con la inclusión de mandolina y guitarra píccola, o la incorporación de la flauta traversa baja en “Mariposa leve” y del violoncello en varias oportunidades.  Todo en el Negro busca volver al origen, a la naturaleza.  Decenas de sonidos logrados con recipientes llenos de agua o maderitas o tazones con maíz o un manojo de tapitas de botella.  No e que se busque imitar sonidos naturales con objetos, sino que los instrumentos, las voces, los sonidos, la percusión, “son” la naturaleza, en tanto lenguaje que integra lo que se ve, lo que se siente y lo que se repone en el acto musical.  La naturaleza está merodeando cada composición, sobresignificando cada gesto musical con un contexto de presencia insoslayable.  El mismo Negro Aguirre encarna esa presencia de paisano mítico-musical que en cada acto-rito renueva el contacto con las fuerza naturales, es decir, con su propio interior.

Aire

En  esa recreación se gesta la levedad casi etérea de su obra, que abunda en timbres medios y agudos y que alcanza estadio de símbolo en voz ligera y vaporosa.  Como si murmullo fuera de un río que escuchamos a lo lejos.  No se puede obviar la cita de la oración que da inicio a la última novela de Juan José Saer, “La Grande”, que expresa, en el capítulo titulado justamente “Ruidos del Agua”: Son, más o menos, de una tarde lluviosa de principios de abril, las cinco y media: Nula y Huyeres están cruzando, en diagonal, un campito abierto, casi cuadrangular, cerrado en el lado superior, a cuyo extremo se dirigen, por un monte ralo de aromos detrás del cual, invisible todavía para ellos, corre el río”.  Justamente la voz de Aguirre, escoltada por el pulido acompañamiento del grupo, remite nada más y nada menos que a esa imagen emblemática de Saer: caminando campo traviesa escuchamos el rumor oculto de un río inminente.  Al fin y al cabo un color no es más que una determinada vibración de la luz y carece de un cuerpo sólido y espeso.  Pero se define cada color por una determinada y justa vibración.  De esta ascendencia justa o eficiente está hecho el toque de Aguirre: sus intervenciones quirúrgicas son de una precisión notable, lo mismo que la técnica instrumental de quienes lo acompañan, pero todo desemboca en la creación de una atmósfera de suspensión y fantasía que acaba por llevar a un segundo plano esas destrezas.  Nada debe interrumpir la re-creación, el acto ritual de la reposición musical.  Porque, después de todo, no es más que la asistencia a un nacimiento, a una resucitación sensitiva que poco a poco nos traslada al plano poético de la existencia.  Algo que parece erigirse como el sello personal de este gran músico entrerriano.  Algo que Juanele supo captar y que resuena en la música de este disco en particular

“Ligero el día con nubes
Sonrisa celeste del río, fugitiva.
Sonr
isa cambiante amigos, que cambiante!
¿Es una sonrisa que se va o que mira”.

Ligero el día, con nubes.
Mañana de verano con alas tímidas.
Alas de la mañana sobre la faz del río.

Claridad casi de alma entre el esmalte
Tierno de los campos.

Alas de la mañana con la lluvia de anoche.
Alas sobre la fluida felicidad celeste.
Oh, claridad de agua que con las nubes juega;
¿danza de niña o joven?”

Por Jonatan Santillán
Especial La Opinión.

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